LA MEDIACION EN LOS CASOS DE VIOLENCIA FAMILIAR
Hemos analizado en nuestros libros “MEDIACION FAMILIAR Aspectos Jurídicos y Prácticos” (Ed. Biblos, 1996, Buenos Aires) y “LA FORMACIÓN DEL MEDIADOR FAMILIAR Y SU INTERVENCIÓN EN EL DIVORCIO” (Ed. Biblos, 1999, Buenos Aires), muchos aspectos de la actividad que se desarrolla en la mediación familiar. Consideramos en ellos que la manera de abordar los casos de familia, debe contemplar la violencia que contienen y desencadenan los vínculos afectivos entre sus integrantes. Es decir que en todos los casos de familia debe suponerse la existencia de violencia. Por lo tanto todo lo que hemos escrito en ambos libros es de aplicación a la mediación de los casos en los que acontecieron, de manera explícita, hechos de violencia.
Sin perjuicio de abordar algunos aspectos de la mediación contemplando la situación explícita de violencia, debemos preguntarnos, previamente, qué entendemos por violencia familiar.
a) ¿Qué es la violencia familiar?
El Consejo de Europa, en su recomendación Nº R (85) 4, 26, 5 de 1989 definió la violencia familiar en los siguientes términos: “Toda acción u omisión cometida en el seno de la familia por uno de sus miembros, que menoscabe la vida o la integridad física o psicológica o incluso la libertad de otro de los miembros de la misma familia, que causa un serio daño al desarrollo de su personalidad.”
Si bien se trata de una caracterización lo suficientemente amplia como para abarcar muchas de las situaciones que se dan a lo largo de la vida de cualquier familia, existe en la misma un supuesto que expresa una óptica restringida respecto a la comprensión de la interacción familiar.
Este supuesto consiste en considerar que la violencia debe partir de la acción u omisión de uno de los miembros de la familia respecto de otro, sin contemplar el recorrido del vínculo entre ellos que llevó a esa manifestación de violencia.
¿Qué opinión nos puede merecer, con esta limitación, una relación sadomasoquista entre los cónyuges, que pude llegar incluso a la muerte de uno de ellos o de ambos? ¿De quién parte la acción u omisión?. Una muestra gráfica de ello la tenemos en muchas obras, tanto literarias, como la de Sacher-Masoch de quien proviene el término “masoquismo”; teatrales, como “¿Quién le teme a Virginia Wolff?”; cinematográficas, como “La Guerra de los Roces”. En ellas muestran que el vínculo que ambos miembros conforman
les lleva, siguiendo sus propias inclinaciones, a la degradación de sus integrantes, como en las dos primeras obras, o a la muerte de ambos, como en la tercera.
Nuestra objeción consiste, entonces, en que el menoscabo en la vida o integridad que se ocasione a la víctima, puede estar en consonancia con el deseo de esa víctima y/o del conjunto de la familia.
Es razonable considerar la violencia familiar partiendo de las conductas en que la misma se manifiesta, pero sin quedar atrapados en la ilusión de tomar como causante único a aquel o aquella de quien proviene la acción violenta. De otro modo se dificultará al mediador la comprensión del caso, que podrá llevarlo a auspiciar pactos que no contemplen las complicidades y patologías de aquellos entre quienes se celebran.
Si deseamos tener una imagen de la vastísima gama de hechos que pueden configurarse como de violencia familiar, nos basta con leer las causales de divorcio que enumera nuestra ley. Cualquiera de ellas constituye un hecho de violencia familiar. La objeción que a esta enumeración legal podemos hacer, es semejante a la señalada antes respecto a la definición dada por el Consejo de Europa, ya que estas causales se quedan en la conducta manifiesta para determinar la culpabilidad de la violencia.
No nos conforma ni la amplia definición dada por el Consejo Européo, ni la casuística que nos brinda la ley civil. Consideramos que la caracterización de la violencia familiar tiene que contemplar una situación que es muy difícil de conceptualizar, ya que tiene que abarcar el transcurso de los vínculos familiares.
En esa convivencia la gente crece, nace, envejece, se va, muere, cambia su situación vital, como el trabajo, la educación, la graduación, etc. ¿Cómo es la manera de tratarse entre ellos?, se supone que con amor, de acuerdo a las idealizaciones que hacemos la familia. Esta es una visión distorcionada, ya que excluye el odio como componente de los vínculos afectivos que se dan entre sus integrantes. La experiencia familiar de cada uno de nosotros nos enseña que es en ese contexto donde suelen tener lugar las explosiones afectivas que normalmente se reprimen afuera. La familia es contenedora de sus integrantes ya que soporta la alteración de sus estados de ánimo, como soporta y sostiene sus enfermedades. En ambos casos exige de los restantes miembros un esfuerzo, una tolerancia, que suele implicarles un dolor, una tristeza, una fatiga. Pero en el caso de la enfermedad, el individuo que la padece es una víctima de la misma, y suele no reprochársele las molestias que puede causar a los que lo cuidan. Hoy por tí mañana por mi.
¿Cómo habremos de considerar las descragas de nervios tan habituales entre los convivientes? Esas descargas provocan dolor y sensación de injusticia, humillación, odio y, con frecuencia una réplica del mismo tenor, por parte de quien las recibe. La manera en que habremos de considerarlas es tomando como referencia el modo ideal en que “deben” vincularse dos personas, tanto en el medio social como en el familiar.
Este ideal establece que el modo de convivencia humana, se rige por la conversación, la cooperación, el anhelo de satisfacer al otro en aquello donde reclamamos satisfacernos a través del otro. En aquellos casos donde ello no sea posible, esto es, en que surja un conflicto de intereses, cada parte debe abstenerse de vengarse o de imponer por la fuerza el propio interés al otro y debe recurrir a una autoridad, el juez, el árbitro, el mediador, para que lo dirima. Ese es el modelo de vínculo entre humanos que hoy tenemos establecido.
Medidas desde estas normas de convivencia, las explosiones afectivas que se dan en el seno de la familia son actos de violencia, aunque por amor aguantemos a quien las padece. Cuando no las soportamos más, sea por lo reiterada, por incrementarse en su intensidad, o porque perdimos la paciencia, llegamos a aceptar que esa conducta es violenta y que nosotros somos violentados por ella. Pero así lo fue desde el principio, aunque nuestro reconocimiento de ello sea muy posterior.
Pero de la vida cotidiana de un matrimonio podemos concebir mucho más que lo que hemos expuesto.
Cada uno de nosotros es diferente a los demás. Esto es evidente. Esas diferencias, que se manifiestan en pequeñas singularidades, suelen ser disimuladas durante el período en que dos personas inician una relación que les llevará a la convivencia. Una vez que conviven, eso que se disimuló puede ser reprimido durante un tiempo, pero finalmente se exterioriza ante el otro o la otra –suponiendo una pareja heterosexual-. Al manifestarse aquello que se vino ocultando, habrá aspectos que el otro o la otra aceptará y otros que rechazará, situación que varía a lo largo de la convivencia.
¿Cómo pensamos que se expresa ese rechazo?
Es habitual, salvo casos de gran sometimiento, que el rechazo se manifieste con acusaciones de “defectos” del otro y reclamos de que sean modificados. Estas recriminaciones pueden ser frontales o con ironías y sornas, con tormentos que a veces llevan a discusiones y llantos.
No fuimos criados para la tolerancia, sino para una perfección a la que aspiramos en nosotros, cuya imposibilidad para acercarnos a ella solemos proyectarla en las imperfecciones de los otros. No necesitamos encontrar una paja en el ojo ajeno para que instalemos allí la viga del propio. Cuando los demás son de afuera es un alivio para la pareja, pero cuando la proyección es en el conviviente, es una tortura cotidiana, ya que quien proyecta no cesa en realizar esa proyección, y más aun, necesita que el “defecto” en el otro permanezca, porque en sí mismo permanece esa exigencia ideal que nunca logra alcanzar.
Esta manera de vincularse se desarrolla durante largo tiempo y a veces tienen un abrupto final, donde el de los “defectos” estalla. En este caso ¿de quién es la violencia?
No podemos dejar de mencionar los sentimientos de celos y de envidia que todos padecemos. ¿Cómo se escenifican en la cotidineidad matrimonial?
Si los celos son un rasgo alabado durante el noviazgo, por los ideales que se tienen del amor, durante el matrimonio suelen provocar un acoso constante que limita la afectividad y la vida social de la otra parte. También puede ser una tortura que anhela la misma víctima. Consigue de ese modo que el celoso esté pendiente de ella todo el tiempo.
Quienes hacen una valoración positiva de la envidia, dicen que es la base de la superación. Sin embargo, en la convivencia permanente de la vida matrimonial, sus efectos suelen ser desvatadores. Exigen del otro que se achique en sus potencialidades, que oculte en su propia intimidad acciones o intentos de hacerlas. El envidioso se llega a erigir en el mayor obstáculo para realizar los proyectos que puede encontrar una persona. Sin embargo, cuando se elige una pareja que no puede gobernar este sentimiento, debemos sospechar en el envidiado una fuerte represión para hacer o ser aquello que dice anhelar. Cuando el acoso de envidia es respondido con violencia, la acción del envidioso tiene que ser considerada también como violencia, aunque sea de carácter sórdida y permanente, es decir, casi invisible.
Todas las gamas de esta manera de relacionarse en la vida cotidiana, son agresiones que suelen ser imperceptibles pero que deforman con el tiempo, la afectividad, inteligencia y autovaloración de las personas. Son violencias instituidas en la vida matrimonial, aunque no haya sangres ni estallidos.
No queremos terminar este apartado sin contemplar la situación de los niños.
El ideal de convivencia proscribe el odio, pero en los niños esta regla no está asimilada, sino que les está siendo transmitida. Esta enseñanza les llega por el modo en que se lo trata y en que se tratan los demás integrantes del grupo conviviente. Al niño se le impone restringir sus reacciones ante los límites. Sin embargo para él son un dolor y reacciona en consecuencia con un berrinche, es decir, una violencia, si la medimos desde las reglas de convivencia. Si a esa reacción, le oponemos nuestra violencia como respuesta, en lugar del consolarlo lo condenamos a no poder elaborar su impulso de violencia. Ese impulso se mantendrá entonces como resentimiento, listo para irrumpir en esa primitiva e infantil naturaleza, quebrando las normas de convivencia que de manera tan equívoca le estamos imponiendo aceptar.
En la amplitud de la caracterización que estamos haciendo del tema ¿puede uno afirmar que en su familia nunca hubo una situación de violencia? y si en la propia familia la hubo ¿qué nos hace pensar que alguna de las familias que recurren a nosotros como mediadores, pueden estar exentas de esas situaciones?
b) Crisis de violencia
El motivo por el cual se vino enseñando que no se puede mediar en los casos de violencia familiar, es porque el mediador no puede intervenir en el instante en que está aconteciendo un estallido de violencia. En efecto: en el momento de la explosión no se puede mediar. Estas situaciones dan lugar a una intervención de especialistas, cuyo objetivo debe ser la contención de quien padece la crisis y el amparo de aquel o aquellos de los miembros de su familia que caen bajo la violencia de la misma. Esta intervención es médica/psicológica y puede provenir de un servicio hospitalario, de una clínica, como también de centros policiales donde atienden casos de violencia familiar y por lo tanto tienen equipos de asistencia a las crisis. El o los profesionales que intervienen deben tener capacitación especial para estos casos. Pero luego del estallido nada impide la intervención del mediador, y el caso será de mediación en violencia familiar.
c) El mediador y las partes
Se viene enseñando que la tarea de mediar se debe realizar estando presentes todas las partes en las conversaciones que a tal efecto se llevan a cabo. Esta consigna es un prejuicio. La mediación no requiere necesariamente esa presencia, sin perjuicio de que en muchos casos eso sea lo más indicado.
En los casos de mediación familiar debe presumirse la existencia de violencia por la naturaleza misma de la convivencia, como antes hemos expuesto. Por ello consideramos que, en principio, es conveniente que las partes no estén presentes en el momento en que se realizan las negociaciones propias de la mediación. Pueden no sólo no coincidir en el espacio, esto es, estar en salas separadas, también pueden no coincidir en el tiempo, en cuanto es posible establecer encuentros con una de las partes y no con la otra. En ambos casos, la parte no presente debe estar enterada del encuentro con la otra. Los motivos que hemos dado para evitar que las partes estén juntas en la negociación, es que el estar una con la otra puede llegar a desencadenar una crisis como las que se dieron a lo largo de la convivencia. Y si se da la crisis se termina el ámbito propicio para la mediación, debe atenderse dicha violencia que, si llega a desencadenar estados de furia que no se logran conetener y apaciguar, obligará a suspender la tarea.
La mediación familiar puede realizarse en los casos de violencia familiar, más aun, es recomendable utilizar esta metodología, sin perjuicio de las vias judiciales que se estén desplegando, y eventualmente, las policiales que haya sido necesario realizar. Pero no puede llevarse a cabo en medio de un estallido de crisis. Por ello el mediador debe estar prevenido para no provocar situaciones que la puedan desencadenar, como es poner frente a frente a las personas que la han llegado a padecer.
El transcurso de la negociación indicará al mediador sobre la conveniencia de que las partes se encuentren. Ello quedará librado al modo en que transcurran las conversaciones y sus efectos en la vida de las partes.