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  CÓMO DEBE FORMARSE UN ABOGADO/A DE FAMILIA. ESTRATEGIAS PARA LA NEGOCIACIÓN, MEDIACIÓN Y EL JUICIO

1) EL ABOGADO/A CON EL CLIENTE

Para responder al primer planteo, es decir, acerca de cómo debe formarse la abogada/o de familia, debemos partir de aquello que debe satisfacer en el cliente que le consulta.

El cliente llega al abogado para que le resuelva un problema de familia que, normalmente, lo desborda afectivamente. Así, desde el comienzo el abogado se encuentra con un problema que va más allá del derecho que es en lo que está formado: el problema emocional.

Esto hace que hayan muchos colegas que, aunque hagan de todo un poco en la abogacía, suelan rehuir los temas de familia. Precisamente por este segundo aspecto. Pero como nosotros sí estamos dispuestos a hacerlo, y de hecho es lo único que hacemos en el derecho, debemos hacerle frente.

Sin embargo, quiero agregar que el lado emocional no agota los aspectos que no corresponden al campo jurídico pero que tienen una incidencia notable sobre el caso, diría, central. Y este otro aspecto es el económico.

Si viene una cliente y nos dice que se quiere divorciar, nos cuenta su situación y, efectivamente, tiene elementos que le posibilitan promover una acción judicial de manera inmediata y nos planteamos incluso, porque hay violencia moral, una exclusión, nos quedaríamos cortos en nuestra tarea si no le preguntamos acerca de su economía. Muchas veces suele ocurrir que el villano, que muchas veces lo es en efecto, es el único aportante. En ese caso la situación se complica mucho y nuestra clienta debe saberlo. Pero no sólo saberlo, sino que nosotros la tenemos que ayudar a pensar cómo afronta esa situación, si está trabajando o si tiene planeado hacerlo, si tiene parientes que la puedan asistir en algún momento o bajo algunas condiciones, si ya tiene una pareja con la que puede contar económicamente y un largo etc.

Uno puede cuestionarse acerca de que estos aspectos del caso debieran estar a cargo del cliente, que cuando el cliente hace un planteo de divorcio o una medida judicial en un problema de familia, debiera tener la responsabilidad de hacerse cargo de sus iniciativas y si pide el divorcio y lo lleva a cabo que se arregle con las consecuencias.

No es así. El cliente viene desbordado emocionalmente y por ello le ocurre lo que a cualquier persona: que suele ignorar muchos aspectos de la vida, aun aquellos que los involucra directamente.

Y por si esto fuera poco –me refiero a todo aquello que el abogado debe considerar en esta especialidad- se agrega un aspecto muy importante: nuestros honorarios.

De ello es conveniente hablar de entrada con el cliente. Ver la posibilidad que tiene de pagarnos, ver bien qué montos proponerle teniendo en cuenta lo que nosotros solemos cobrar por casos como el que plantea y la situación económica del cliente por la cual, también por este motivo debemos preguntarle por su situación económica. Ello puede implicar no sólo pactar una suma sino una manera de pagarla que se adecue a las posibilidades, tanto económicas como subjetivas, de nuestro cliente.

Destaco el aspecto subjetivo porque ante idénticas situaciones económicas las diferentes personas tienen diferente disposición para pagar. Esto es de la vida cotidiana y si no, observémonos a nosotros mismos en cuanto a nuestra variedad de actitudes ante el pago. No siempre actuamos igual. A veces nos sorprende nuestro dispendio como otras nuestra avaricia. Bueno, así como somos nosotros –si aceptamos observarnos sin prejuicios- así es en general la gente y, por supuesto, también los clientes que concurren a vernos.

Bueno, tenemos desplegado el campo de conocimientos o saberes que el sólo hecho de tener ante nosotros en una primera entrevista a un cliente de familia debiéramos poder manejar.

Se darán cuenta que no destaco el derecho como un saber específico, porque somos todos abogados y derecho es lo que sabemos que sabemos. Después, la especificidad del campo en el terreno del derecho, la iremos incorporando y comprendiendo con la práctica de esta tarea, que nos hará que dejemos de temblar en la mesa de entradas o dando un respuesta jurídica ante un abogado veterano que parece sobrarnos desde su conocimiento supuesto –por la edad más que por otra cosa-. En algún momento el abogado joven deja de temblar. No basta envejecer para ello,  lo que lo consigue es el trabajo y el esfuerzo de hacerlo de modo reflexivo, porque a veces el temblor nos manda actuar mecánicamente, esta manera no deja conocimiento, la reflexiva es la que lo deja.

Los saberes de los que hablé tienen que ver no sólo con  la relación inicial con nuestro cliente. También tienen que ver con la relación que continuaremos teniendo con el mismo a lo largo del caso que nos encomendó. Esto implica una gran dosis de paciencia donde a veces nos repite hechos o preguntas que ya le respondimos y nos hace sentir cierta fatiga. Debemos saber que el cliente, cuando hace frente a su problema de familia, necesita un apoyo emocional, afectivo. Este apoyo proviene, de manera fundamental, del mismo abogado. Es quien le calma, con su escucha y con la explicación de la situación por la que está atravesando el cliente y las orientación acerca de lo que puede hacer o le conviene no hacer. Esta palabra que el abogado dice a partir de lo que escucha de su cliente, es una palabra tranquilizadora. Es una palabra que le permite avizorar un horizonte. Con ella suelen calmarse algunos miedos y ansiedades que el cliente padece por la crisis familiar en que está inmerso y que lo acompañan en todos los actos de su vida actual –su trabajo, sus novias o novios, sus hijos, sus padres, sus amigos-. En esta situación la contención más importante del cliente en su nivel emocional es el abogado, en un nivel igual y a veces mayor que el que vuelca en su terapeuta, si lo tiene.

Pero además del cliente hay otro personajes fundamentales, que intervienen en la tarea que debe realizar: la otra parte, el abogado de la otra parte, el mediador, si se hace mediación y el Tribunal o el Juzgado.

2.- LA NEGOCIACIÓN

Es mejor que el propio cliente no hable con la otra parte del conflicto por el cual nos consulta, por lo menos de los tremas en los que no están de acuerdo.

Aquí debemos hacer una distinción en los casos que nos llegan.

Hay casos en los que de entrada tenemos que hacer una acción, por ejemplo si hay violencia física y hay que hacer una exclusión, o si la otra parte está vaciando bienes de la sociedad conyugal en los cuales tenemos que pedir una medida cautelar. Son sólo ejemplos porque estas situaciones son muy variadas. En estos casos no se puede comenzar por una negociación porque es levantar la perdiz, en todo caso la negociación se puede proponer después de realizada la medida judicial que neutraliza los riesgos.

Entonces, para el caso de que no haya riesgos en hacer frente al caso a través de una negociación, lo conveniente es comenzarla.

El objeto de la negociación es el mismo que el de la mediación: llegar a un acuerdo con la otra parte para hacer frente al abordaje judicial conflicto.

¿Cuál es el primer paso? Lo aconsejable es poder hablar con el abogado de la otra parte. Pero puede ocurrir que la otra parte no tenga abogado, o que el cliente no sepa quién es el abogado de la otra parte.

En este caso hay dos caminos: que el propio cliente le pida a su cónyuge el nombre del abogado, o bien le de nuestra tarjeta proponiéndole que el abogado de la otra parte lo llame. De estas dos opciones, el segundo suele ser el más aconsejable porque despeja las paranoias y recelos que las partes se tienen en estos casos.

Otro camino puede ser que uno mismo llame a la otra parte y, hablándole con voz de seda se presente y le diga que es abogado de su cónyuge y quisiera poder hablar con su abogado para intentar conversar sobre sus conflictos para ver si se pueden resolver de común acuerdo. En este caso es conveniente dejarle todos los datos de uno aunque no nos lo pidan. 

Si da resultado y el abogado de la otra parte llama, se puede iniciar la negociación. Si no da resultado se puede insistir con otra llamada, o bien que el propio cliente le hable. Cuál de ambas opciones elegir depende de lo que pueda discernir el profesional por la entrevista o entrevistas que haya tenido con el cliente. Si el abogado de la otra parte no llega a aparecer, se verá o bien de iniciar una mediación o iniciar el juicio en aquellos casos de los conflictos familiares en que la mediación no sea obligatoria. Lo conveniente es, de todos modos, mediar. Esto como regla básica, y sólo en casos excepcionales, litigar directamente.

Estamos entonces en la negociación.

Aquí es muy importante el trato cordial con el otro abogado porque es un aliado respecto del objetivo de lograr un acuerdo. Es conveniente que la negociación no sea exclusivamente por teléfono o correo o fax, es importante el encuentro personal con la o el colega.

En el primer encuentro con el colega uno va con algunas indicaciones y propuestas del cliente que suelen ser más de lo que se espera obtener. El colega también nos va a pedir más de lo que espera obtener. No hay que ofenderse ni forzar los argumentos. El perfil tranquilo es muy importante, como también hay que tener internalizado y repetírselo cuando ve que la conversación sube la tensión, que uno no es su cliente. Hay abogados que toman la causa como si fueran la persona involucrada. No es lo adecuado, el abogado debe saber tomar distancia. Pero también hay que tomar distancia de lo que el cliente dice de sí mismo. Hay que partir de la base de que el cliente está bajo efectos de una fuerte crisis emocional ya que está viviendo una pérdida. Este sentimiento se traslada a todos los aspectos de su vida, no sólo a las personas y situaciones que lo o la rodean. Cuando dicen que no tienen, por caso para pagar alimentos, no mienten, aunque la realidad indique que pueden más de lo que dicen. No necesariamente le está ocultando al abogado, es que está transfiriendo su pérdida a ese aspecto de su vida y se ve carente de verdad, aunque la realidad lo desmienta. También, por supuesto, puede tratarse de un avaro que siente eso porque es su moral normal y habitual.

La negociación siempre dura mayor tiempo que el que tiene in mente nuestro cliente. Pero este tiempo brevísimo es el de su ansiedad, un tiempo subjetivo y no el que corresponde a una negociación. Esto es conveniente decírselo al comienzo y recordárselo de ves en cuando.

Durante la negociación hay que tener en cuenta un principio ético en la relación entre colegas: mientras se negocia no se promueve ninguna acción contra la otra parte. Si hay necesidad de promovérsela o mandarse con un escrito en el expediente referido a algo relacionado con la negociación, hay que advertirlo antes al colega. Si no se puede advertir, lo adecuado, es comunicarle al colega que cesó la negociación. El colega es un compañero de trabajo, sobre todo en el trance de la negociación. Una negociación se puede interrumpir y después volver a abrirse, esto en cualquier instancia, aun con el proceso terminado, por ejemplo para acordar una liquidación común para cumplir con la sentencia. Si se traicionó la ética del diálogo, el colega desconfiará con razón o lo tomará como una ofensa personal y no colaborará, aun en aquello que no pone el riesgo los intereses de su cliente. Ello amén de que el trato correcto es siempre lo aconsejable.

La negociación es un recurso que nunca cesa aun cuando está el juicio promovido, aun en plena prueba, aun cuando las partes estén enemistadas hasta el punto del odio. Claro que para que la misma se pueda realizar debemos contar con el consentimiento de nuestro cliente para hacerla. Sobre todo si hay odio.

3.- LA MEDIACIÓN

Si la negociación no da resultados o ella no es posible, la mediación es un paso muy conveniente, aun en los casos en que se trabaron medidas cautelares tan fuertes como la exclusión del hogar, o en momentos donde puede haber un conflicto entre las interpretaciones de los abogados respecto de las posiciones o posibilidades de sus clientes en  el juicio. La mediación bien hecha, es altamente eficaz. Si no da resultado y se hizo con respeto y buen trato –como aconsejan las escuelas de formación, de ahí los caramelos, los brebajes, las masitas que sugieren ofrecer- es un espacio al que las partes no temerán volver a recurrir en el futuro y aun pueden llegar a proponer los mismos clientes.

Es conveniente, antes del encuentro en la primera reunión de mediación, que el abogado/a se reuna con su cliente en una entrevista donde se aborden los temas que se van a tratar, que se especifique lo que se quiere y en aquello que está dispuesto a dar para lograrlo, el abogado colaborará con el cliente ayudándolo a pensar. Si es el caso detallar minuciosamente, por ejemplo el sistema de vistas que se desea, donde el abogado le pregunte también si ello es factible para la otra parte teniendo en cuenta el ritmo de vida del ambos y también, si se puede saber o inferir, el deseo del otro. En caso de alimentos es importante poder detallar, pormenorizadamente y con lápiz y papel, los gastos en todo concepto de la o las personas que los requieren, para lo cual conviene hacer una lista como para poder entregarla a la otra parte, donde se contemplen también los gastos invisibles, los cotidianos, aunque para ello se le haga hacer al cliente el deber de anotar durante una o dos semanas tales gastos.  

Es asimismo importante que los encuentros en la mediación se hagan en ambientes separados, no alrededor de la misma mesa. Cada parte con su abogado en un ambiente diferente. El mediador hará de correveidile, se cansará, adelgazará un poco, pero se evitarán tensiones y, a veces, situaciones de violencia. Hay que partir de la base de que, con la extensión  actual de la noción de violencia familiar, en todo matrimonio en crisis debió haber habido violencia. Ponerlo a uno al lado del otro es darles la oportunidad de repetirla. Y la repetición es con recursos que suelen ser invisibles para los operadores porque corresponde al código de comunicación de la pareja que, como la huella digital, es en cada caso diferente.

Durante el proceso de mediación la estrella no es el abogado, pero tampoco las partes, el rol central es del mediador. Aquí los colegas debemos frenar nuestro narcisismo. Aunque tengamos una estrategia, o cuestiones que consideramos centrales, al mediador debemos escucharlo a favor, para entender qué nos dice. Después uno habla con el propio cliente, piensa con el cliente, no lo presiona. El límite, el no, es del cliente, no del abogado. Hay veces que lo posible en la visión del abogado, no es lo posible para el cliente. Entonces no es posible. Ello no significa que el abogado no de su punto de vista al cliente.

Si en la mediación no se puede todo, intentar acordar la parte que si se puede. A veces no se puede con la parte porque la otra condiciona acordar eso posible a acordar también con lo otro, entonces se ve, si poner un tiempo para pensar, fijando otra reunión, o cortar, para el caso de fatiga. Hay que saber que a veces, en estos momentos de crisis en los que están nuestros clientes, el tiempo puede ser muy importante para modificar sus exigencias. Esto es a favor y también en contra. Pero el tiempo es un factor que siempre hay que tener en cuenta. Con el tiempo lo perdido puede revertir en ganado ya que lo no pensado y aun lo no pensable puede ponerse en escena y modificar el tablero del conflicto.

4.- EL JUICIO

La parte litigiosa es amplia. No es lo mismo un divorcio contencioso, que alimentos o una exclusión. Pero hay que tener en cuenta que el juzgado o Tribunal, en casi todos los casos, es el aliado natural del profesional en cuanto está dispuesto a colaborar en que se arribe a un acuerdo. Diría que una regla de oro es que el abogado de familia sepa que litigar contra la otra parte no significa hacerlo contra el Tribunal. Los códigos procesales contienen normas que facultan al juzgado para promover acuerdos entre las partes y esas normas expresan con claridad un principio del saber popular de que “más vale un mal acuerdo que un buen juicio”.

Otro aspecto es que el abogado, en los pleitos, no sólo debe contener al cliente, sino también ponerles límites en todo aquello que quiere que “el juez sepa”. Las demandas culebrones suelen no ser leídas, y si lo son, por ejemplo al tener que dictarse sentencia, son leídas con resistencia, con bronca. Una demanda de 20 carillas arranca del que la tiene que leer un sentimiento de malestar y resignación que lo mal dispone para todo. No es que eso determinará el destino del pleito. Hablo simplemente de ser compasivo con el prójimo, con los funcionarios que deben acometer el recorrido de una larguísima historia desgraciada, con relatos que en nada inciden en el pleito, con excesos retóricos y casuísticos, detalles de intimidades y hechos vulgares y cotidianos que son los reproches que la parte le endilga al otro y que le obliga al abogado a poner en la demanda. Ahorremos al Tribunal esos suplicios, expliquemos al cliente que en nada favorece eso a nuestras pretensiones en el pleito.

Cada audiencia es una oportunidad de negociar. El Juzgado siempre va a ayudarnos. No es sólo lo que para el juzgado significa un acuerdo en de ahorro de trabajo, es también el evitar los riesgos de los desbordes emocionales que los pleitos controvertidos suelen provocar. Eso altera tremendamente al equipo, les resta laboriosidad y eficacia.

Finalmente, si nos toca como letrado de la contraparte un legalista al mango: paz y resignación. En ese caso litiguemos, tomando el principio de economía procesal en nuestra actuación, como el axiona supremo. No nos ofendamos ante la tozudez del colega. Es así por propios méritos y no lo hace contra nosotros, acostumbra a gastar en cada pleito que le toca mucha más energía que la necesaria. Probablemente así sea en muchos otros aspectos de su vida. Pensemos que se trata sólo de una persona con algunos conflictos que le dificultan ir por los caminos que indican el sentido común y que es quien más perjuicios recibe por su modalidad, como asimismo que el cliente que lo eligió no se equivocó, en algún lugar ama ese perjuicio que le afecta al otro y a sí mismo. No hay cliente inocente víctima de un  picapleitos. Hay clientes que buscan un picapleitos porque son querulantes, aunque no se les note.

De todos modos, la negociación y la fumata de la pipa de la paz tiene que estar siempre disponible. En cualquier momento y en las circunsatancias menos esperadas. La consigna de los boys scauts de “siempre listos”, debe ser también nuestra.

5.- LA FORMACIÓN

Para formarse en esta especialidad como en cualquier otra disciplina hay dos niveles. Uno es el que indica la sabiduría antigua cuando nos dice “historiae magistera vitae est”. El otro es producto de la sabiduría más que popular, vulgar, que nos dice “agarrá los libros que no muerden”.

Traduciéndolo a nuestro lenguaje los dos criterios para formarse, son: el conocimiento intelectual y la experiencia. El primero no requiere tanto de nuestros sentimientos para incorporarlo, en cambio el segundo nos demanda además de nuestros sentimientos, el cuerpo.

Para formarse hacen falta los dos registros, que son por un lado las clases teóricas en que se profundizan cada uno de los puntos que aquí expusimos y el debate que se abre a partir de la exposición, a los que hay que agregar la lectura y debate de las normas jurídicas más importantes del campo del Derecho de Familia.

Por otro lado la parte vivencial son los talleres, entre los que se destacan: a) la teatralización de casos, en que los inscriptos llegan a sentir en su cuerpo los dramas que les toca abordar en la especialidad como abogados y también como partes; b) la supervisión de los casos que plantéen los alumnos, donde se pueda comprender cómo pensarlos, qué hay detrás de las situaciones que los clientes nos presentan y qué caminos son los más adecuados para resolverlos; c) La ampliación del imaginario simbólico y emocional de los alumnos a través de la lectura, debate y escritura de breves textos poéticos y filosóficos para que cada caso que tomamos pueda ser pensado con la amplitud necesaria, en cuanto en cada caso hay algo nuevo y único que sólo con una apertura mental debidamente entrenada estaremos en condiciones de resolver.



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